Tres poetas alemanas contemporáneas.

Tanja-Duckers

Tanja Dückers (Berlín 1968)

Días inquietos

Inquieto el día el pálido
mediodía de marzo en Berlín
con polvo de carbón
los dedos vueltos al PC
el protector de la pantalla tropical

Por la tarde se mezclan
olores de Buleten y Börek
inundan las sirenas de los bomberos
el estruendo de los coches de una boda
banderines blancos blancos pasos rápidos
un divorciado se ha ahorcado en el tercero

Por la mañana el chirrido de los tranvías
un gusano amarillo en mis sienes
los ahogados gemidos de los vecinos
las hojas de mi revista aún no leída
con insistencia acarician mi pecho desnudo

Navidades en Alexanderplatz

Uno dos tres punkis
en la escalera mecánica
se cruzan conmigo
el más grande un tío
flaco con mechones rubios
y anillo en la nariz me mira
por un momento con ojos
claros y enrojecidos por las venas
Te quiero grita de repente
Yo también le respondo
sin más por encima del hombro
¿de verdad? escucho todavía
y entonces ya estoy en la S-Bahn
y él desaparecido abajo

 

uljana wolf

Uljana Wolf (1979, Berlín)

así compone diálogos
el extranjero
con las cálidas sienes
lo reconozco
con los ojos cerrados
en una cama doble
aun sin un modelo
sin respuesta correcta
sólo el habituarse a
montaña y valle
igual que lo
dispuesto en dos mitades
sobre un
colchón traducible

 

El corrimiento de la boca
hacia las cuatro de la mañana
contemplo
el corrimiento de la boca
se cierra la casa
tras el último
bostezante golpe de viento
delgados labios como párpados
por contra abre su garganta
el cielo: un azul celeste
cerca del paladar
sobre oscuros y tensos
arcos de lengua de los bosques
desde la boca húmeda
se origina la lluvia un largo
constante aliento: como sobre
los cilios del durmiente
hablando para sí

 

Queríamos hablar sobre pequeñas bestias, ponernos de rodillas por
las pequeñas
bestias, aquellas de polvo y estrías, en ranuras y zaguanes, aquellas
que tienen frío
en las pieles canosas, nuestras bestias de nada. queríamos también
muy cerca en tu
lengua y en mi susurrar, dime amor has mamado hoy ya. no, no
queríamos atemorizar
a nuestras bestias, pequeñas como manchas, son el mismo manchar,
no tienen rabos
peludos ni orejas largas de conejo, o rabos largos y orejas de ratón, no
queríamos
fumar poco, toser poco, ser poco esto o lo otro. solitario estaba ayer el
rincón del
cuarto en su chirriante abandono. hoy es una guardería, hoy las hordas
tiernas son un
puerto, queríamos ser silenciosos, escuchar de rodillas: nuestras
pequeñas bestias,
cómo ellas intercambian sus lanudos nombres gris perla

 

 monica-rinck

Monika Rinck (1969. Zweibrücken)

Charco
dice él: el sufrimiento es un charco.
digo yo: si, el sufrimiento es un charco.
porque el sufrimiento yace en una cuenca
atravesado por peces y huele mal.
dice él: y la culpa es un charco.
digo yo: si, la culpa también charco.
porque la culpa se derrama en una depresión
y alcanza la axila delongada
de mi brazo que se extiende hacia arriba.
dice él: la mentira es un charco.
digo yo: si, la mentira del mismo modo charco.
porque en verano por las noches se puede
hacer un picnic en las orillas de la mentira
y allí siempre se queda algo olvidado.

 

 

Oigan esto, así escarnecen los protocolos de miel, esos dos hombres jóvenes se hacían al lago en una cama elástica. Ésta tenía una cubierta acolchonada sobre la que ellos acampaban, tres mástiles y, sí, los mástiles se bamboleaban y hacían tambalear la cosa hacia los lados y, no, ninguno de los dos se caía por la borda
Yo primero veía todo desde abajo, ahí era un alga. Luego lo vi sombreado, de lado, yo era carrizo. Después, cuando fui cielo los vi a ambos desde arriba. Navegaban atizando, con prisa, parecían tener un tema. ¡Luego vi como se ladeaban y se hundían!
El lago se tomó a pecho la cama elástica. Cuando esto pasó yo había sido orilla. Lo juro ¡nunca fui el lago! ¿Qué hubiera debido hacer?
Me volví fondo y me sumergí cavando. Luego reboté, sí, casi como una cama elástica, y escupí a ambos, haciéndoles trazar un alto arco
hasta el paseo de la costa. El mar volvió en sí, convergió nuevamente conmigo.
Sólo el carrizo se movía, nada más. El cielo reposaba por encima.

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